Desde hace varias décadas, la ciudad de Valencia se ha convertido en referente de modernidad, progreso y bienestar a nivel europeo y mundial. A la cabeza del turismo nacional, la capital del Turia es uno de los centros neurálgicos en la atracción de turistas de todos los países, para los cuales existe una enorme oferta en todos los sectores. Los visitantes extranjeros tienen garantizados días inolvidables a su llegada a la ciudad. La oferta cultural,el turismo de interior y, sobre todo, el atractivo del litoral de toda la Comunitat Valenciana, aseguran a los visitantes las ganas de repetir año tras año. Sin embargo, hay un componente vital más importante que envuelve a la capital, por encima de todo ello: el cómo viven los valencianos en Valencia.
Son muy pocos los valencianos que, preguntados sobre cuál consideran la ciudad ideal, no contestan su lugar de origen. Y es que desde un punto de vista objetivo, Valencia representa el ideal de garantía social con el que se soñaba a principios de siglo pasado, cuando la proyección de una sociedad del bienestar era sólo una utopía. ¿Qué hace tan fuerte el arraigo de los valencianos por su tierra?
Probablemente el mayor salto cualitativo se haya dado en las dos últimas décadas, pero desde hace siglos ya se auguraba que Valencia se convertiría en un referente mundial en muchos aspectos. El principal factor que convierte a la ciudad en un emplazamiento privilegiado es, sin duda, su clima. Bañada por el Mediterráneo, goza de un invierno suave, una época de lluvias que garantiza en mayor o menor medida el desarrollo agrícola y un verano exclusivo, con el aliciente de una zona costera que aprovecha al máximo el sol y la playa. En sólo unos kilómetros de diferencia se puede hallar un pequeño universo, con el refugio de los pueblos de montaña o las urbes costeras.
Fruto de esa disposición geográfica y la confluencia climática existe en Valencia, la ciudad de la luz, un momento único en el mundo que se repite día tras día. Cuando cae el sol y la noche amaga con su presencia, se alargan las sombras y los objetos cobran un color especial. ‘A poqueta nit’, despidiendo la jornada y vaticinando lo que será la noche, una luz tenue, llena de matices, baña la ciudad. Es una luz con duende, irrepetible, que recuerda a los valencianos el por qué han elegido vivir donde viven. El crepúsculo alcanza la ciudad y la sumerge en la magia nocturna.
Al margen del interés turístico suscitado, Valencia se ha desarrollado por y para sus habitantes. Porque en Valencia vivir bien no es un lujo, sino una obligación. Con todos los factores que posibilitan la buena vida, la ciudad se convierte en el lugar que nadie quiere abandonar, que aprieta pero no ahoga, y que consigue que uno sienta, realmente, la llamada de la tierra cuando está lejos.
Acotada por el mar y la huerta, el crecimiento físico de la ciudad ha buscado siempre la sostenibilidad del entorno, dando lugar a dos partes diferenciadas: la Valencia histórica y la moderna. Residir en la capital de la Comunitat Valenciana garantiza disfrutar de siglos de historia combinados con la realidad más cosmopolita.
El cruce de culturas que han dado vida a la ciudad se muestra en todo su esplendor, gracias al entusiasmo y la iniciativa de sus habitantes por honrar y no olvidar su pasado y sus orígenes. Pueblos romanos, visigodos, musulmanes y cristianos han dejado huella en la ciudad a través de costumbres y tradiciones, pero también han contribuido a la creación de la Ciutat Vella, que recuerda entre sus piedras y calles los casi 2.200 años de historia. Mientras, y como si de un pacífico pulso se tratase, Valencia crece a pasos agigantados, siempre a la cabeza de la modernidad. En un corto recorrido por las calles de la ciudad se puede visitar una ciudad milenaria que, sin embargo, resulta estar siempre por delante contemporáneamente. Uno de los Puertos más avanzados de Europa, la vanguardia del transporte y la cuna de la arquitectura moderna son sólo algunos ejemplos de cómo Valencia camina hacia el futuro. Sus 16 barrios, fruto del crecimiento exponencial iniciado en el siglo XIX, acogen a más de 800.000 habitantes que conviven en armonía con lo que fue y lo que será.
Pero si de algo puede presumir Valencia es de la calidad de sus servicios. Los más de 1.700.000 habitantes que copan el área metropolitana conviven a un paso de cualquier lugar. El excelente servicio de transporte público alcanza hasta el rincón más recóndito, en el más breve espacio de tiempo y con la máxima garantía. El metro excava en las entrañas de la ciudad y busca por caminos de hierro la periferia. Cinco líneas en funcionamiento, y otras tantas en proyecto o construcción, mueven anualmente a millones de viajeros. Además, el transporte privado se acelera a través del cinturón de vías que rodea la ciudad, además de las carreteras que comunican con las zonas extraprovinciales. Por su parte, el Puerto y el Aeropuerto constituyen una plataforma de comunicación óptima, sobre todo hacia las grandes urbes nacionales y, también, hacia las islas.
Y es precisamente esa garantía de comunicación la base fundamental de otro aspecto que fortalece el vivir bien en Valencia: el abastecimiento. La idea de mercado, la posibilidad de obtener el producto fresco, está tan interiorizada en los habitantes, que hace falta pararse a reflexionar para percatarse del buen funcionamiento de la red, que permite degustar el pescado recién sacado del mar, catar el excelente producto de la huerta o vestir con las últimas tendencias.
Es imposible entender el alma de Valencia sin conocer a sus gentes. Y no sólo a los valencianos, sino a sus más de 116.000 extranjeros, que no en vano han elegido la ciudad como su lugar de residencia. El inmigrante, con sus determinadas circunstancias y con un proyecto vital de futuro, llega a Valencia y pronto se envuelve del aroma peculiar del Cap i Casal. Sus costumbres y tradiciones, su calidad de vida y la garantía laboral la convierten en un referente para la inmigración, que la ha convertido en una de las metrópolis con mayor diversidad cultural, donde personas de todos los rincones del mundo conviven en avenencia. Además, la Ley de Integración busca la interiorización de ese sentimiento de valencianía, que ni mucho menos es propiedad exclusiva de los valencianos. Porque en ningún sitio como en Valencia vale más el dicho de que uno no es de donde nace, sino de donde pace.
Valencia mira hacia el futuro buscando ese reflejo de diversidad que desde siempre ha sostenido de la mano. Y es ese reflejo el que enfoca hacia una apuesta segura: la juventud y Europa. La Universidad y la movilidad. Los valencianos presumen de encontrarse a la cabeza en las ciencias y en las letras, pues la enseñanza y el conocimiento son los pilares sobre los que pivota la sociedad. No en vano Valencia es la ciudad del continente que más estudiantes acoge de los programas de movilidad Erasmus. Sus más de 12.000 alumnos que cada curso llegan a la ciudad conforman una microcomunidad que cada día resulta más característica. Las relaciones entre universitarios valencianos y extranjeros son estrechas y casi siempre se resuelven en amistades para toda la vida que no hacen más que iniciar largos viajes de un país a otro. Los estudiantes extranjeros no sólo viajan para aprender, sino para dejar su pequeña experiencia vital en una ciudad que los acoge como hijos propios y los despide bajo la promesa de regresar de nuevo.El pueblo valenciano tiene un fuerte arraigo y apego hacia sus valores y principios. Y sin duda, uno de ellos es el de la solidaridad. Desde su fundación como comunidad, sus gentes han cultivado la labor social, la ayuda y la empatía. Más de 75.000 voluntarios trabajan de manera altruista en la Comunitat, prestando sus servicios en cientos de organizaciones que trabajan sólo por el beneficio de los demás. Son incontables los colectivos cuya labor se encamina hacia al ayuda de los más necesitados bajo la tierna mirada de la Mare de Deu dels Desamparats, La Geperudeta, patrona de la ciudad. Tras más de 100 años de actividad, la Asociación Valenciana de la Caridad capitanea el buque de la ayuda desinteresada, con más de 200.000 atenciones personalizadas y sin haber cerrado sus puertas ni un solo día desde 1906.
La calidad de vida en Valencia está garantizada como contraprestación al trabajo. Sin embargo, los casos más extremos y exclusivos descubren un pueblo entregado, comprometido y solidario. Una comunidad que siente los problemas ajenos como propios y que lucha por erradicar las diferencias injustas.
Una lengua propia y siglos de tradición no podían obviarse. Valencia saca pecho cuando se habla de cultura y puede presumir de una oferta rica, variada y extensa. Más de 160 museos recorren la geografía valenciana. En la capital, el Príncipe Felipe, el IVAM o el MuVIM se han posicionado en los últimos años como referentes expositivos de todas las variantes artísticas. En el apartado pictórico, Joaquín Sorolla ha dejado huella en las más de 450.000 visitantes de ‘Visiones de España’, muestra que se pasea por todo el territorio nacional.
Cumpliendo las expectativas creadas, el Palau de les Arts no deja de cosechar éxitos musicales, despertando a la ciudad de un aparente letargo y rescatando a la ópera de lo que nunca fue un olvido. Valencia levanta el telón y se confirma año tras año como caudilla de la lucha en pro del teatro. Las mejores obras han pasado por el Teatro Principal, el Olympia, Rialto, Talia o Escalante.
Como colofón, a Valencia se le plantea ahora el reto de ser la única subsede en el mundo de la prestigiosa Berklee College of Music, considerado el centro de enseñanzas musicales más prestigioso del mundo. El proyecto de la Torre de la Música ya ha sido presentado, y en unos años la ciudad será la cuna de nuevos talentos.
Valencia es clima, historia, servicios y cultura. Pero por encima de todo ello, un ingrediente fundamental cohesiona todos esos factores, dotándolos de sentido: su gente. Los habitantes de Valencia comparten precisamente ese valor intrínseco de procedencia. Es un gen más que recorre las venas de sus ciudadanos y les acompaña allá donde van. Los valencianos son gente buena, con un enorme sentimiento de pueblo y pertenencia, de trabajo y futuro. Además, el valenciano lleva la diversión por bandera y cuelga en lo alto de su estandarte una sonrisa que se contagia en su alrededor. Quizá por el mar, por la playa, el campo o la montaña. Quizá por el sol o el azul del cielo tan especial. O quizá simplemente por una personalidad innata a cada uno de ellos. Sea por lo que sea, el pueblo valenciano abraza su identidad y se autoproclama, sin lugar para la duda, como una de las sociedades más ricas del planeta en todos los aspectos.
Hacia el futuro. La dirección que Valencia tomó hace décadas sólo tiene un sentido. Conquistado el presente, sólo la propia ciudad decidirá dónde están sus límites. Innumerables proyectos en todos los sectores presagian lo que poco a poco es una realidad: en Valencia cada vez se vive más y mejor. Planteadas las ideas, es sólo cuestión de tiempo que se lleven a cabo los designios de las mentes más brillantes para la localidad más brillante. Las infraestructuras ya no sólo imaginan un puerto y aeropuerto conectados, sino que éstos no dejan de crecer. La nueva ordenación urbana conjuga una ciudad verde con el mayor estándar de comodidad y funcionalidad para sus ciudadanos. Los jóvenes valencianos miran al futuro laboral sin temor, con la seguridad de encontrar trabajo en la rama profesional que deseen y para la que recibirán una formación privilegiada. Los grandes eventos deportivos y sociales son una constante a la que ha resultado fácil acostumbrarse, con el enorme impacto beneficioso que todos ellos suponen. El futuro de Europa se colorea con un naranja vivo y chillón. Valencia se ha sumergido en el tercer milenio a la cabeza de las grandes urbes, otea el horizonte y augura a sus habitantes un futuro prometedor. Porque en ningún sitio se vive como en Valencia.
Design Guía Valencia llega este año a la 6ª edición publicada con motivo de la celebración de Habitat Valencia y de los proyectos arquitectónicos en construcción de la futura Valencia.